Tuesday, September 24, 2013

Nathaniel Hawthorne's Una Fiesta Selecta (Select Party)






Introducción por Marciano Guerrero
Nathaniel Hawthorne (1804-1864)
Breve Biografía
El escritor estadounidense nació el 4 de julio 1804 en Salem, Massachusetts, en una familia de mucha distinción en la región desde la época colonial. Su padre murió cuando él tenía cuatro años de edad, dejando al niño al cuidado de parientes maternos. Más tarde asistió Bowdoin College, donde conoció a figuras bien conocidas en círculos literarios y políticos de la época: el escritor Horacio Bridge, futuro senador Jonathan Ciley, Henry Wadsworth Longfellow, y el futuro Presidente Franklin Pierce.
Más tarde se hizo amigo de los mejores intelectuales norteamericanos de la época, como Amos Bronson Alcott y su hija Louisa May Alcott, Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson, que también fue gran figura en el movimiento trascendentalita.
A través de sus amigos influyentes se las arregló para siempre encontrar empleo público.
Principales Obras
En lugar de novelas Nathaniel Hawthorne cultiva ‘romances,’ que permite al escritor una suspensión de la duda más amplia y de más libertad que las novelas; estos romance rayan en fantasías y sueños, y se puede decir que las narraciones como La letra escarlata y La casa de los siete tejados sí contienen elementos del realismo mágico. En particular, la escena final de La casa de los siete tejados en la que el tío Venner pareció escuchar un trozo de música que le hizo creer que Alice Pyncheon... se despedía con un toque de alegría del espíritu sobre su clavicordio mientras flotaba en el cielo la Casa de los Siete Tejados. Esta escena es una reminiscencia de la fabulosa escena de Gabriel García Márquez en la que Remedios, la bella, un personaje de Cien años de soledad asciende al cielo en medio de un aleteo de sabanas.
Cuentos de Nathaniel Hawthorne incluyen “La hija de Rappaccini,” “Mi pariente, el mayor Molineux” ( 1832), “Entierro de Roger Malvin” ( 1832), “Young Goodman Brown” (1835 ), y la colección “Cuentos dos veces contados.”
Acerca de "Una Fiesta Selecta"
En el cuento “Una Fiesta Selecta,” Hawthorne intenta vestir a las virtudes y maldades con un significado simbólico, tanto como lo hizo el poeta isabelino Edmund Spencer en su poema épico “La Reina de las Hadas.” La disparidad entre las dos obras consta en que Hawthorne cuenta su historia con cierta irreverencia y desfachatez; en este cuento nada serio se puede encontrar que llegue a la altura de la gravedad de una epopeya.
Spencer, por ejemplo, es muy serio en su intención —con sus dos caballeros, Redcrosse y Britomart— en el examen de las dos virtudes que considera más importante para la vida cristiana: la santidad y castidad.
El enfoque de Hawthorne a su tema —una fiesta a la que asisten los mitos humanos, leyendas, y un surtido inventario de caracteres mundanos — es algo liviano, alegre, irónico—y hasta inadvertidamente cómico.
El Fabulista es el anfitrión y coordinador de tal fiesta de fantasía. Pero ¿quién es este personaje? Es por ventura el alter ego del autor? Uno sólo puede suponerlo.
El narrador toma su dulce tiempito en la descripción de una mansión que —con suspensión total de la incredulidad— se cuelga en el espacio infinito y en el reino sin lugar. Sin embargo, tal aposento tiene el aspecto de un castillo medieval; es decir, grandes paredes, estructuras masivas, etc. También se llega a saber que la mansión es una arquitectura celestial con enormes pilares de la que se suspenden meteoros.
En este espacio y contexto vemos la lenta y dolorosa interacción de los personajes simbólicos.
Escritores como Rebeláis, Cervantes, Borges y engañan a sus lectores mediante la técnica de bombardear páginas con largas enumeraciones caóticas. Hawthorne utiliza tal truco, tal vez en demasía; por ejemplo, la enumeración de los huéspedes: El habitante antiguo (demasiado agotado, se le ofrece una silla para descansar después de un viaje entre las nubes), Monsieur On- Dit, el Secretario del tiempo, el Judío Errante, una mujer deforme vieja y negra, y muchas otras criaturas de la imaginación. La más notable fue un patriota incorruptible, un erudito sin pedantería, un sacerdote sin ambición mundana, y una mujer hermosa sin orgullo o coquetería, una pareja casada cuya vida nunca tuvo sido perturbado por la incongruencia de los sentimientos, un reformador sin trabas en su teoría, y un poeta que no sentía celos hacia otros devotos de la lira.
Hacia la mitad de la fiesta, el narrador se apiada de sus lectores y pasa el dato de dónde sacó su inspiración, diciéndole a sus lectores —por medio de otra enumeración— que él está tratando de añadir lo que otros escritores habían quedado sin decir:
Para tomar casos familiares, aquí estaban los cuentos inéditos de los Cuentos de los Peregrinos de Canterbury de Chaucer, los cantos no escritas de La Reina de las hadas, la conclusión de Christabel de Coleridge, y el conjunto de la épica proyectado de Dryden sobre el tema del rey Arturo. Los estantes estaban llenos, porque no sería demasiado afirmar que cada autor ha imaginado y formado en su pensamiento más y mucho mejor obras que las que en realidad proceden de su pluma. Y aquí mismo, en las concepciones no realizadas de los poetas jóvenes que murieron por la fuerza misma de su propio genio antes el mundo hubiera alcanzado un inspirado soplo de sus labios.
Esta Fiesta Selecta, de gala, y exclusiva, termina en la confusión y el caos y en medio de una tormenta en el espacio infinito. Los huéspedes se esparcen. Nunca sabremos quien llegó a casa (a la Tierra) o quien no—o en el caso de El Hombre en la Luna, si consiguió regresar a la luna o no.
En la oración que cierra el relato, leemos: “La gente debería pensar en estas cuestiones antes de confiarse en los placeres de una fiesta convenida en el reino sin lugar.”
De hecho, fue una fiesta, una imaginaria y triste parodia con pretensiones de universalidad.
El Hombre Fabulista celebró una fiesta en uno de sus castillos en el aire, e invitó a un selecto número de distinguidos personajes que le favorecieron con su presencia.

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